parió los hijos morenos
obsequiando su vientre fértil
a él que nada sabía -ni quería-
de sus crías.
Se quedó sola y luchó
por el pan en las bocas vacías
torciendo la suerte de la pobreza
ni concebida.
Se rompió las manos
golpeando puertas en muros
sordos, inflexibles por vanidad
y desidia.
Como la más hembra
encremó su cara, tomó la cartera,
cortó su vestido de tela sombría
y recorrió la vida.
Así, con todo crió siete
críos morenos disconformes
que cambiaron a la fuerza,
su marrón estigma.
Escuchó a sus hijos
inquietos negarla y renegarla
por bronca y erectos de cambios,
partir sin mirar.
Los sintió al marcharse
pero no atinó a detenerlos.
Tenía tanto sueño como anhelos
ellos se atrevían.
Ella se echó a dormir,
tranquila por sus rebeldías.
Ellos no lo supieron,
rebeldes... cambiando sus vidas.
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